• Fernanda Muñoz

Hacia ciudades más densas y menos extensas.

Actualmente hay dos hechos inevitables que modelarán el futuro de nuestras ciudades. La primera es el cambio climático que está afectando al planeta, mientras que la segunda es la escasez de suelos disponibles para construir en nuestras ciudades. Ambos apuntan a construir ciudades más densas y menos extensas.


Hasta los años 90 se pensaba que el crecimiento de la ciudad era a través de la extensión de estas. Se proyectaban nuevos barrios de baja densidad (mayormente por casas) en las periferias o sub-urbanizaciones satelitales donde se debía asegurar infraestructura para los servicios básicos, transporte público y equipamientos mínimos, lo que significaba una gran inversión por parte del Estado. Actualmente se puede ver el alto porcentaje del día que pasa la población desplazándose entre el trabajo y la casa y el aumento del parque automotriz producto del ineficiente transporte público.



¿No sería mejor pensar que las ciudades puedan crecer verticalmente? Este modelo apuesta a ciudades más compactas, donde la caminata y la bicicleta son los principales medios de desplazamiento. También apuesta por maximizar la rentabilidad de los suelos con mejor conectividad, aumentando la densidad de estos, dando la posibilidad de que más personas puedan vivir y/o trabajar en estos territorios privilegiados, en concordancia con un eficiente sistema de transporte público. En resumen, pensar en ciudades compactas es:

· moderar la depredación de bosques y áreas silvestres

· menor tiempo de viajes diarios

· menor costo en viajes

· menor parque automotriz

· menor consumo de combustible

· menos producción de gases efecto invernadero

· mejor salud de la población

· menor inversión en infraestructura



Por otro lado, nuestras ciudades están afectadas por la escasez de suelo disponible para nuevas construcciones, lo que ha generado que el valor del suelo suba más y más, especialmente en territorios bien conectados. Las empresas inmobiliarias cada vez le ponen más ojos a los barrios consolidados de baja densidad y con buena conectividad, lo que lleva al surgimiento de edificios en altura, la llegada de nuevos población y nuevas dinámicas urbanas. Si bien, muchos lo ven como una amenaza a la identidad de los barrios y la pérdida de la calidad de vida, también se puede pensar como una oportunidad, siempre y cuando se haga de manera medida y controlada. Un barrio sin una fuerte inversión que genere renovaciones irá envejeciendo junto a sus habitantes. Esto ocasiona que aparezcan construcciones en ruinas y otras abandonadas, transformándose en focos de insalubridad e inseguridad, deteriorando la calidad de vida del sector. Un barrio que, por su buena localización, atrae a más habitantes y mayor desarrollo inmobiliario, generando una renovación de sus habitantes y un barrio activos.


Debemos actualizar la manera de pensar la ciudad, olvidando los antiguos paradigmas de que un buen barrio es sólo construido por casas. La ONU apunta que la armonía dentro de las ciudades no sólo está del bienestar sino también de la equidad y sostenibilidad, introduciendo el concepto de resiliencia urbana, refiriéndose a capacidad que tienen las ciudades de adaptarse exitosamente a los nuevos cambios.

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